lospicoletos











BREVE EXPLICACIÓN DE LA EXPOSICIÓN



Nudillos rotos es un proyecto sonoro, de performance e instalaciones que indaga sobre formas de disidencia en el contexto urbano de la cultura flamenca y queer-punk. El mismo es un entrecruzamiento entre la acción performática y las instalaciones del dúo los picoletos (Dante Litvak y Fabro Tranchida) y la poética performativa de El Niño de Elche


Nuestra investigación en este proyecto se centra en la figura del lumpen urbano. Es decir, en los canis, quinquis, punks, flamencos y queers que atraviesan los bajos fondos de las urbes. Esos jóvenes del mal vivir de los que nace al fin y al cabo la cultura punk, el flamenco y otras formulas.


Desde un campo de acción que incluye la creación de instalaciones que emulan un deshecho barrio irreligioso —de tumbas con ínfulas de rampas de skate, acumulaciones de objetos personales, archivos anacrónicos y retratos de jóvenes porteños y españoles— nos proponemos indagar sobre lo queer-punk y lo flamenco como experiencias que comparten un origen común: el de la estigmatización de ser movimientos que surgen de las periferias y que obtienen su nombre desde una apelación despectiva.


A su vez el escenario en donde transcurre la performance (y que podrá verse en la video-instalación) que es el de una lonja fabril en el barrio de Liniers, en la ciudad de Buenos Aires, cuenta con una carga simbólica
especial al tratarse del taller en donde trabajaba el abuelo de Fabro y en donde aún trabaja su padre. Elementos que hacen a las memorias barriales ligadas al futbol y a la infancia local, a una vieja radio AM de Tangos ya olvidados y a los lamentos sobre la mesa de un cafetín se cuelan en lo que en definitiva no es más que una declaración de amor al barrio, a nuestros padres y a esas horas que no pasan.


Romperse los nudillos como acción violenta da cuenta de la insumisión co mo respuesta a quebrar lo establecido pero también, en el contexto flamenco, implica un método de percusión cuando no hay más instrumento que la voz, la queja y una mesa que golpear hasta que los nudillos sangren. Esta acción, junto con el cante y el ruidismo de los skates sobre las efímeras construcciones serán los ejes principales de la pieza.


Dante Litvak
Fabro Tranchida
Niño de Elche






Bestiario XVIII. Perreando perros.
Por Pedro G. Romero




Armas. El niño, la niña, juegan con herramientas y estas herramientas son armas. Las armas son herramientas de la violencia. La violencia divina, pensaba Walter Benjamin, es la no violencia. Así que no estamos hablando de agresiones, de sometimientos, de poderes. No hablamos literalmente de violencia. Esa atención a las herramientas que son armas no es un asunto de poder sino de potencia. Violentar la violencia.


Pensamos en Perros callejeros, la película de 1977 que firma José Antonio de la Loma como director. Esta película es, sobre todo, un contexto. Odio la categoría reduccionista de cine quinqui que quiere estigmatizar el género. Siempre que se habla de género se empieza por atribuirle un estigma, una cualidad o singularidad vejatoria. El retrato de la violencia de las clases populares, del lumpen proletariado que decían los marxistas, sólo es soportable mediante el estereotipo. Reducirlo a eso es intentar domesticarlo, es seguir sometiéndolos.


En Sudamérica a los perros callejeros se los elimina. Hay una película de Leonardo Favio, Crónica de un niño sólo, de 1965, que es una gloría, una cima de sentido de eso que hablan Cero en conducta o Los cuatrocientos golpes o El señor de las Moscas o tantas otras maneras de jugar con herramientas y ver que esas herramientas son armas y a la vez herramientas como lo hacen los niños. Hay una economía libidinal de la violencia en ese doble gesto del niño. Veo aquí al Niño de Elche con los picoletos -picoletos debería escribirse siempre con minúsculas- y entre sus manos no sé lo que tienen. No sé si son armas o herramientas. No se, exactamente, si me están mostrando una caja de herramientas o una armería. Caja de herramientas que no se sabe si son armas o útiles, cosas que sirven y que aquí se muestran en exposición. Una exposición de herramientas, de cosas útiles y que no se sabe si son armas, si son violencias. El martillo puede clavar y desclavar, puede aplastar y conformar y el martillo es también un arma de guerra.


En la película Perros callejeros hay toda una serie de desplazamientos simbólicos evidentes que supo leer muy bien Paul B. Preciado. La pistola, la pija, el coche, el accidente, la hetero-masculinidad construida que lleva a la castración final. La erótica del accidente de coches es un reconocimiento de la castración como eyaculación sublime. Se expulsa, se eyacula el propio miembro viril. Sale disparado el pene. Martillo sin cabeza. Es muy curioso como, tras el éxito inesperado de Perros callejeros, los guionistas tuvieron que eludir la pérdida de virilidad del protagonista y esa falta de coherencia lastra el resto de los filmes de la serie hasta Perras callejeras donde las protagonistas recuperan también esa lógica original del martillo sin cabeza. Es una manera de que la violencia sea a la vez no violencia. Ese doble gesto que llamaba Walter Benjamin violencia divina. Hay una violencia plebeya que sabe muy bien de esa ambigüedad de que la violencia sea a la vez violencia y no violencia. Los niños saben bien qué eso, qué esa cosa, es a la vez palo de la escoba y ametralladora. Los niños acaban barriendo el suelo con ametralladoras. Los niños se montan en ametralladoras y las cabalgan como si fueran caballos o vuelan como brujas por el cielo. No hay ambigüedad alguna en esos gestos ambidiestros sino conocimiento verdadero de como funcionan esos objetos, esas cosas.


Esa violencia plebeya coincide punto por punto con la violencia divina que intentaba describir Walter Benjamin. Cuando pensamos que los niños son salvajes -la cultura piensa siempre que los niños son salvajes- estamos haciendo romántica la vida salvaje. Lo romántico tiene el desprestigio del romanticismo. El romanticismo tiene el desprestigio de lo cursi, de lo camp y de lo kitsch. Pero lo cursi, lo camp y lo kitsch son poderosas herramientas que hacen de las cosas violentas cosas no violentas. Es ese sentido de lejanía que se vuelve monstruoso lo que salva a lo romántico del romanticismo. Esa lejanía que hace de los objetos, de las cosas violentas cosas no violentas. Las herramientas son siempre violentas pero la lejanía las convierte sistemáticamente en cosas, en objetos, en gestos no violentos. El romanticismo no, el romanticismo es una ideología violenta. No quiere lejanía el romanticismo y, paradójicamente, lo romántico se aleja. El verbo opera donde el sustantivo significa lo muerto. El verbo es lo romántico y el sustantivo romanticismo. Lo romántico es, además, adverbio, quiere serlo. Lo romántico machaca irremediablemente al romanticismo. Lo aplasta a martillazos. Por lo romántico llegamos a los niños salvajes. Los niños salvajes escapan a una vida normativa. Ni tan siquiera son homosexuales o heterosexuales o transgéneros, ni tan siquiera están marcadas las niñas salvajes. Las niñas salvajes saben que es el juego. El juego es un intercambiador implacable de cosas violentas y cosas no violentas. Eso lo sabemos por los niños salvajes. Eso nos lo han enseñado las niñas salvajes. Entonces, sabiendo esto, sabiendo que el juego es un intercambiador implacable entre cosas violentas y cosas no violentas, no se entiende, entonces, por qué siempre hacemos cosas violentas de las cosas no violentas y tan pocas veces hacemos no violentas las cosas violentas. 


Pedro G. Romero
Febrero 2022.