lospicoletos



2022

Nudillos rotos

Solo show with El Niño de Elche and texts by Pedro G. Romero. Museo Patio Herreriano



Broken Knuckles is a sound, performance and installation project that investigates forms of dissidence in the urban context of flamenco and queer-punk culture. It is an intersection between the performative action and the installations of the duo los picoletos and the performative poetics of Niño de Elche.

Our research in this project focuses on the figure of the urban lumpen. That is, in the canis, quinquis, punks, flamencos and queers that cross the underworld of the cities. Those young people of bad living from whom, after all, punk culture, flamenco and other formulas are born.

The exhibition included a text by Pedro G. Romero, as an open essay. It can be read below (only in spanish).



︎
︎What it is: solo exhibition

︎Where: Museo Patio Herreriano  
︎When: 10/03/2022 - 26/05/2022
︎Press kit about the exhibition (click here)









Video of the exhibition



Trailer of the video-performance





Bestiario XVIII. Perreando perros.
By Pedro G. Romero



Armas. El niño, la niña, juegan con herramientas y estas herramientas son armas. Las armas son herramientas de la violencia. La violencia divina, pensaba Walter Benjamin, es la no violencia. Así que no estamos hablando de agresiones, de sometimientos, de poderes. No hablamos literalmente de violencia. Esa atención a las herramientas que son armas no es un asunto de poder sino de potencia. Violentar la violencia.


Pensamos en Perros callejeros, la película de 1977 que firma José Antonio de la Loma como director. Esta película es, sobre todo, un contexto. Odio la categoría reduccionista de cine quinqui que quiere estigmatizar el género. Siempre que se habla de género se empieza por atribuirle un estigma, una cualidad o singularidad vejatoria. El retrato de la violencia de las clases populares, del lumpen proletariado que decían los marxistas, sólo es soportable mediante el estereotipo. Reducirlo a eso es intentar domesticarlo, es seguir sometiéndolos.


En Sudamérica a los perros callejeros se los elimina. Hay una película de Leonardo Favio, Crónica de un niño sólo, de 1965, que es una gloría, una cima de sentido de eso que hablan Cero en conducta o Los cuatrocientos golpes o El señor de las Moscas o tantas otras maneras de jugar con herramientas y ver que esas herramientas son armas y a la vez herramientas como lo hacen los niños. Hay una economía libidinal de la violencia en ese doble gesto del niño. Veo aquí al Niño de Elche con los picoletos -picoletos debería escribirse siempre con minúsculas- y entre sus manos no sé lo que tienen. No sé si son armas o herramientas. No se, exactamente, si me están mostrando una caja de herramientas o una armería. Caja de herramientas que no se sabe si son armas o útiles, cosas que sirven y que aquí se muestran en exposición. Una exposición de herramientas, de cosas útiles y que no se sabe si son armas, si son violencias. El martillo puede clavar y desclavar, puede aplastar y conformar y el martillo es también un arma de guerra.


En la película Perros callejeros hay toda una serie de desplazamientos simbólicos evidentes que supo leer muy bien Paul B. Preciado. La pistola, la pija, el coche, el accidente, la hetero-masculinidad construida que lleva a la castración final. La erótica del accidente de coches es un reconocimiento de la castración como eyaculación sublime. Se expulsa, se eyacula el propio miembro viril. Sale disparado el pene. Martillo sin cabeza. Es muy curioso como, tras el éxito inesperado de Perros callejeros, los guionistas tuvieron que eludir la pérdida de virilidad del protagonista y esa falta de coherencia lastra el resto de los filmes de la serie hasta Perras callejeras donde las protagonistas recuperan también esa lógica original del martillo sin cabeza. Es una manera de que la violencia sea a la vez no violencia. Ese doble gesto que llamaba Walter Benjamin violencia divina. Hay una violencia plebeya que sabe muy bien de esa ambigüedad de que la violencia sea a la vez violencia y no violencia. Los niños saben bien qué eso, qué esa cosa, es a la vez palo de la escoba y ametralladora. Los niños acaban barriendo el suelo con ametralladoras. Los niños se montan en ametralladoras y las cabalgan como si fueran caballos o vuelan como brujas por el cielo. No hay ambigüedad alguna en esos gestos ambidiestros sino conocimiento verdadero de como funcionan esos objetos, esas cosas.


Esa violencia plebeya coincide punto por punto con la violencia divina que intentaba describir Walter Benjamin. Cuando pensamos que los niños son salvajes -la cultura piensa siempre que los niños son salvajes- estamos haciendo romántica la vida salvaje. Lo romántico tiene el desprestigio del romanticismo. El romanticismo tiene el desprestigio de lo cursi, de lo camp y de lo kitsch. Pero lo cursi, lo camp y lo kitsch son poderosas herramientas que hacen de las cosas violentas cosas no violentas. Es ese sentido de lejanía que se vuelve monstruoso lo que salva a lo romántico del romanticismo. Esa lejanía que hace de los objetos, de las cosas violentas cosas no violentas. Las herramientas son siempre violentas pero la lejanía las convierte sistemáticamente en cosas, en objetos, en gestos no violentos. El romanticismo no, el romanticismo es una ideología violenta. No quiere lejanía el romanticismo y, paradójicamente, lo romántico se aleja. El verbo opera donde el sustantivo significa lo muerto. El verbo es lo romántico y el sustantivo romanticismo. Lo romántico es, además, adverbio, quiere serlo. Lo romántico machaca irremediablemente al romanticismo. Lo aplasta a martillazos. Porlo romántico llegamos a los niños salvajes. Los niños salvajes escapan a una vida normativa. Ni tan siquiera son homosexuales o heterosexuales o transgéneros, ni tan siquiera están marcadas las niñas salvajes. Las niñas salvajes saben que es el juego. El juego es un intercambiador implacable de cosas violentas y cosas no violentas. Eso lo sabemos por los niños salvajes. Eso nos lo han enseñado las niñas salvajes. Entonces, sabiendo esto, sabiendo que el juego es un intercambiador implacable entre cosas violentas y cosas no violentas, no se entiende, entonces, por qué siempre hacemos cosas violentas de las cosas no violentas y tan pocas veces hacemos no violentas las cosas violentas. 

Pedro G. Romero
Febrero 2022.


Stills from de video-performance


The installations



BRIEF EXPLANATION OF THE EXHIBITION

Broken Knuckles is a sound, performance and installation project that investigates forms of dissidence in the urban context of flamenco and queer-punk culture. It is an intersection between the performative action and the installations of the duo los picoletos (Dante Litvak and Fabro Tranchida) and the performative poetics of El Niño de Elche.

Our research in this project focuses on the figure of the urban lumpen. That is, in the canis, quinquis, punks, flamencos and queers that cross the underworld of the cities. Those young people of bad living from whom, after all, punk culture, flamenco and other formulas are born.
From a field of action that includes the creation of installations that emulate a disregarded irreligious neighborhood —of tombs with pretense of skateboard ramps, accumulations of personal objects, anachronistic archives and portraits of young people from Buenos Aires and Spain— we intend to investigate what queer-punk and flamenco as experiences that share a common origin: that of the stigmatization of being movements that arise from the peripheries and that obtain their name from a derogatory appellation.

In turn, the stage where the performance takes place (and which can be seen in the video-installation), which is that of a factory market in the Liniers neighborhood, in the city of Buenos Aires, has a special symbolic charge as it is the workshop where Fabro's grandfather worked and where his father still works.

Elements that make neighborhood memories linked to soccer and local childhood, to an old AM radio of already forgotten Tangos and to the laments on the table of a cafe sneak into what is ultimately nothing more than a declaration of love for the neighborhood , to our parents and to those hours that do not pass.

Breaking your knuckles as a violent action gives an account of reluctance as a response to breaking the established but also, in the flamenco context, implies a method of percussion when there is no other instrument than the voice, the complaint and a table to hit until the knuckles break. they bleed This action, together with the voice and the noise of the skates on the ephemeral constructions will be the main axes of the piece.


Dante Litvak, Fabro Tranchida, Niño de Elche.